LEYENDAS

LEYENDAS DE ECUADOR

CANTUÑA

Durante el período colonial, un constructor indígena que se llamaba Cantuña tenía un contrato en el cual acordó de terminar la construcción del atrio de San Francisco hasta una cierta fecha. Estaba a punto de irse a la cárcel por no terminar el trabajo al tiempo . Rezó y rezó, pidiendo la tarea imposible de terminar a tiempo. Cuando llegó a la plaza, un hombre, vestido de rojo, apareció desde adentro de un montón de piedras. Estaba alto, tenía una barbilla puntiaguda y una nariz larga y ganchuda.
• “Soy Luzbel,” dijo. “No te preocupes, buen hombre. Yo puedo ayudarte a terminar el trabajo hasta el plazo límite. Te ofrezco terminar el trabajo entero hasta el alba. Todo lo que pido por pagamiento es tu alma. ¿Aceptas mi oferta?”
• “Acepto,” respondió un Cantuña desesperado. “Pero no debe faltar ni una piedra hasta el alba. Si falta alguna, el pacto es inválido.”
• “Acepto,” respondió Satán.
Una vez que el pacto estaba firmado, miles de diablos pequeños empezaron a trabajar sin descanso. A las 4 de la mañana, el atrio estaba casi listo. Pronto llegara el alba y el alma de Cantuña fuera llevada por el Satán. Sin embargo, cuando Cantuña quería recibir el trabajo terminado, se asombró de que los diablos, en su prisa de terminar el trabajo, olvidaron una sola piedra. El alma de Cantuña se salvó y fue capaz de terminar su trabajo a tiempo.
En la parte derecha de la plaza se puede verificar la piedra desaparecida de esta leyenda.

LA FUNDACIÓN INDÍGENA DE QUITO

Hace muchísimos años, en una noche clara, los habitantes del pueblo Cochasquí vieron caer una estrella. Tuvieron miedo y corrieron hacia al palacio del rey para contarle el acontecimiento. El rey, que también era un sacerdote y un brujo, pidió que se calmaran y que estuvieran pacientes.
Quería arreglar las cosas con los dioses. Tomó un vaso de chicha (una bebida de diferentes especies de maíz) y recitó un conjuro. Bebió la chicha hasta caer en sopor. Cuando se despertó, el rey reunió la gente de la comunidad para compartir su visión con ellos. “Los dioses no están enfadados con nosotros”, dijo, “pero quieren que dejemos este lugar para irnos a una tierra que es más rica, fértil y bonita. Tenemos que seguir los señales de esta estrella cayente. Donde se cae, tenemos que encontrar nuestra nueva ciudad.”
Entonces siguieron al rastro de la estrella hasta que llegaron al pie del volcán Pichincha. Esto fue el lugar donde fundaron su nueva ciudad. Construyeron chozas, plantaron sus cultivos y hicieron templos para el sol y para la luna. Esto fue el inicio de lo que hoy en día es la ciudad de Quito

LA DAMA TAPADA


Las mujeres ocupan un espacio importante en las leyendas y mitos de la cultura ecuatoriana, entre ellas se puede mencionar la Dama Tapada de Guayaquil.
Es el fantasma que persigue a los mujeriegos, va vestido de negro y lleva cubierta la cabeza con mantilla, velo o pañolón de largos flecos, se caracteriza por su elegancia y figura encantadora.
A su paso queda un oloroso perfume de nardos o violetas, lo cual despierta el interés de los trasnochadores y borrachos que deciden seguirla. Quienes van tras de su paso no pueden acercarse más de un metro, ya que ella sigue sin dejarse alcanzar debido a que jamás varía de su ritmo al caminar y por más esfuerzos que hagan sus seguidores no la pueden alcanzar.
La siguen de forma hinóptica y cualquiera que pudiera venir de frente nunca la ve. En forma súbita se detiene al pie del cementerio da media vuelta, levanta el pelo y dice: “Ya me ve usted como soy…. Ahora, si quiere seguirme, sígame”. En ese instante la mujer de bellísimo rostro sonrosado en cuestión de segundos se descompone hasta convertirse en una calavera, mientras su pecho arde en llamas.
Quienes han presenciado esta visión quedan paralizados, locos o muertos. Ella sigue su camino hasta desaparecer finalmente. Esta mujer en nuestra ciudad se aparecía a la altura del cementerio antiguo, Boca del Pozo, al bajar de la iglesia de Santo Domingo.
Esta leyenda existe desde la época de la Colonia.

EL EMPRESARIO BANANERO

Hay quienes aseguran que en el Cantón  Balao rondaba el diablo y que por este motivo  se hicieron ricas muchas personas, una de las leyendas relata a  un empresario bananero que todas las madrugadas recolectaba hojas de cacao y las ataba en grupo de 100 para luego meterlas en un saco.
 “Salía hacia la montaña y luego de dos horas regresaba con el saco, en cuyo interior no había hojas, sino dinero, mucho dinero”.
Muchos aseguran que cuando recién se creó el pueblo, en 1835, todas las noches se escuchaba un chiflido, “era el diablo que buscaba a las personas para llevárselas”.
Las Brujas de San Roque …
Informantes:
Julio Ramírez, edad 82 años
Alejo Llivipuma, edad 95 años
¿Crees en brujas Garay?
Dije a mi viejo criado,
No señor, porque es pecado
Pero de habérselas, si las hay
(Copla popular anónima) 
Hace muchos años, cuando todavía no existía la luz eléctrica, las brujas de San Roque durante las noches de luna tierna se iban por los aires montadas en sus escobas hacia la ciudad de los mil campanarios y calles desiertas, solo en contadas ocasiones las veían uno que otro borrachito que se había quedado dormido en la vereda y se despertaba asustado con el ruido de sus voces, porque las brujas mientras volaban iban repitiendo:
- ¡De valle en valle!. ¡De villa en villa!. . ¡Sin Dios ni la Virgen Maria!
Atravesaban a veinte metros del suelo el puente del Vado y así en bandada se dirigían primero al Barrio de San Sebastián para visitar a las Zaldúas, las hechiceras más importantes de Cuenca, con el propósito de aprender nuevas recetas y filtros amorosos. Las Zaldúas sabían de todo; los padre nuestros y ave marias al revés, los secretos de la cruz de caravaca, de la manteca de oso y la uña de la gran bestia, para que no se marchite nunca la sábila que amarrada con una cinta roja en el umbral de la casa  ahuyentaba a la mala suerte y a los ladrones. Cortaban la leche de las vecina chismosas y entrometidas, cuando éstas las ponían a hervir sobre el fogón, provocaban hipos y estornudos, hacían que mueran con la peste las gallinas y cuyes de sus enemigos y que el granizo acabe con las coles y lechugas de las huertas.
Dicen que eran las más entendidas para curar el mal de ojo y el espanto de los guaguas con “los pases sobre el cuerpo del enfermito” de la caja de fósforos, el sucre, los clavos de acero, el huevo del día, sacudiendo de tanto en tanto los atados de ruda, altamisa, romero, floripondio; el soplo del buche de trago en la cara del ojeado y las tres cruces de ajo y ceniza en la frente, en el pecho, en la mitad de la barriga. ¡Y santo remedio! el guagua dejaba de llorar en el acto”.
Eran la únicas que tenían las imágenes de los santos negros, San Gonzalo Grande y San Gonzalo Chico, los siete perros gordos, descendientesdirectos de los antiguos allcus anteriores a la conquista que nunca ladraban, tenían un color desvaído casi sin  pelo y lunares en el lomo; servían para calentar los pies de las Zaldúas en las noches heladas de julio y agosto; los gatos negros de ojos fosforecentes que dormían sobre las vigas ahumadas de la cocina, a una orden de sus dueñas “saltaban sobre el cogote de los curiosos, clavándoles las uñas entre espantosos maullidos”.
Cuentan que la “mama Miche quiteña” fue a buscar a las Zaldúas para que deshagan el hechizo de su hija Rosa Mercedes que tenía un puesto de papas cañarejas en la plaza de San Francisco frente a la “Culibronce”. Como le está quitando a la clientela un sábado a la una de la tarde la “Culibronce” le hizo la brujería con un plato de puerco hornado y mote, la Rosa Mercedes casi en seguidita de comer cayó con ataques echando espuma por la boca, quedando después como ida y sin poderse mover. La Mama Miche quiteña entregó a las Zaldúas unos Zarcillos antiguos con oro y perlas “dormilonas disque eran” la Rosa Mercedes se recuperó a poco, aunque no duró mucho porque a los tres meses la enterraron y  la “Culibronce” que había sido también una bruja bien bruja se quedó solita en el puesto de la plaza. Fue la única vez que alguien pudo a las Zaldúas.
Después de visitar a las Zaldúas, las brujas de San Roque se dispersaban por rumbos diferentes a Santo Domingo, al Cenáculo, a San Sebastián, A San Blas, a  la Catedral Vieja, a la misma Catedral Nueva  hasta sus torres más altas. pintadas de azul y blanco, a María Auxiliadora, el Vergel, pasaban de nuevo el Río Matadero a veces bajo el puente porque ya estaba amaneciendo, el Yanuncay, el Tarqui y de ahí a Turi, al Valle de un lado a otro, de arriba, abajo, montadas en las escobas, para reunirse al fin en una cueva bien grande, unos decían que era en el Boquerón, otros en los cerros del Cajas, y  besar entonces el rabo del diablo que les estaba esperando en forma de chivo con cachos y barba, de la que se escurría como un aceite con el que las brujas se frotaban la cara, los brazos y las piernas y servía para hacerles volar más rápido y a veces volverlas invisibles. Las brujas se reunían en la cueva los martes y viernes de luna llena y regresaban con el primer canto de los gallos a San Roque untadas con el aceite del diablo, repitiendo nuevamente:
- ¡De valle en valle!. ¡De villa en villa!. . ¡Sin Dios ni la Virgen Maria!Se podía hacer caer a estas mujeres del diablo y atraparles de varias maneras: poniendo en el patio,  o en la huerta una lavacaras llena de agua y unas tijeras abiertas con las puntas para arriba, pararse quietito y extender los brazos en forma de cruz, como también dejar  caer  un rosario o dentente en el suelo.
Así pasó con una de ellas que cayó en una huerta a la subida del Padrón pero como recién estaba clareando solo pudieron verla que se levantó medio rengueando y se escondió en la higuera que estaba junto a la tapia, cuando fueron a verla no encontraron a nadie.
Alejo Llivipuma recuerda en sus tiempos de soldado allá por 1912, que una noche cuando con otros compañeros hacía la guardia cerca de San Blas, oyeron reír a una bruja encima de sus cabezas:
“Se reía una lindura con el diablo, sostenido en el aire con una escoba entre las piernas, pusimos un escapulario en el suelo, cae allí junto a nosotros se sienta y dice:
-¡Ay señores! no sean malitos, cuidado en ir a avisar lo que me han visto volarya no he de hacer más.
Entonces estando en eso, dice, les voy a regalar estos zarcillos ¡Unos zarcillones de oro” así que recibimos y subimos calle arriba en dirección a la cantina del Sr. Naranjo, se levanta, nos da el traguito, -y ahora paguen- dice
… Yendo a pagarle nos encontramos que los zarcillos se habían vuelto majada de vaca.
Viéndonos asustados el Sr. Naranjo dice -Esto les debe haber dado una bruja que ya vive años aquí en San Blas- Ella era buena cocinera hacía caldo de borrego, caldo de patas, esto era cuando había allí una plaza de ganado y en la época en que la bajada del puente del Vado era descanso de los leprosos o lázaros que iban con unos lindos caballos blancos”.

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